Importancia de negarse al servicio militar

Detalle de ""I Bersaglieri alla presa di Porta Pia" de Michelle Cammarano

Extracto de un breve ensayo escrito por Lev Tolstói, novelista ruso (1828 – 1910) y uno de los más famosos exponentes del anarquismo cristiano y pacifista.

Existe un proverbio ruso que dice: Puedes desobedecer a tu padre y a tu madre, pero obedecerás a la piel del asno, es decir, al tambor. Y este proverbio se aplica hasta en el propio sentido, a los hombres de nuestro tiempo que no han aceptado la doctrina de Cristo, o que la aceptan deformada por la Iglesia, en cuya esencia deben renegar a todo sentimiento humano y no obedecer más que al tambor. Y una sola cosa puede libertar del tambor: la profesión de la verdadera doctrina de Cristo.

A los pueblos europeos les ha parecido bien trabajar para establecer nuevas formas de vida, elaboradas desde hace largo tiempo en las conciencias, y siempre es el antiguo despotismo grosero quien guía la vida, y las nuevas concepciones de la vida no solamente no se han realizado, sino que hasta las antiguas, aquellas que la conciencia humana ha denunciado desde hace tanto tiempo, por ejemplo, la esclavitud, la explotación de los unos por los otros en provecho del lujo y de la ociosidad; los suplicios y las guerras se afirman cada dla de una manera cruel. La causa, es que no existe una definición del bien y del mal aceptada por todos los hombres, de manera que, cualquiera que sea la forma de la vida puesta en práctica, ha de ser sostenida por la violencia.

Al hombre le pareciera hermoso inventar la forma superior de la vida social, garantizando, a su parecer, la libertad y la igualdad, no podría librarse la violencia, puesto que él mismo es un violador.

He aquí por qué causa, y por grande que sea el despotismo de los gobernantes, por terribles que sean los males a que este despotismo somete a los hombres, el hombre ligado a la vida social tendrá que verse sometido siempre a él. Este hombre, o aplicará su inteligencia a justificar la violencia existente y a encontrar lo que es malo, o se consolará pensando en que muy pronto ha de hallar el medio de derribar al gobierno y de establecer otro, tan bueno, que transformará todo lo que ahora es malo. Y, en espera de que se realice este cambio, rápido o lento, de las formas existentes, cambio con el cual espera la salvación, obedecerá con servilismo a los gobiernos que existen, sean las que sean, y cualquiera que sean sus exigencias, cierto es que no aprueba el poder que, en un momento dado, emplea la violencia, pero no solamente no niega la violencia, ni los medios de emplearle, sino, que les juzga necesarios. Y, por esta causa siempre obedecerá a la violencia gubernamental existente. El hombre social es un violador, e inevitablemente ha de ser también un esclavo.

La sumisión con la cual, y sobre todo los europeos que tan orgullosos se muestran de la libertad, han aceptado una de las medidas más despóticas, más afrentosas que jamás han podido inventar los tiranos como lo es el servicio militar obligatorio, lo prueba más que nada. El servicio militar obligatorio, aceptado sin contradicción por todos los pueblos, sin revolucionarse, hasta con júbilo liberal, es una prueba resplandeciente de la imposibilidad para el hombre social para librarse de la violencia y para modificar el estado de cosas existentes.

¿Qué situación puede ser la más insensata, más sensible a la que se encuentran ahora los pueblos europeos que gastan la mayor parte de sus recursos en preparar las cosas necesarias para destruir a sus vecinos, a hombres con quienes nada les separa y con los cuales viven en la más estrecha comunión espiritual? ¿Qué puede haber de más terrible para ellos, que tener siempre pendiente el que un loco que se llama emperador diga algo que pueda serle desagradable a otro loco semejante? ¡Qué de más terrible que todos esos medios de destrucción inventados cada día: cañones, bombas, granadas, metralla, pólvora sin humo, torpederos y otros ingenios de muerte! Y sin embargo todos los hombres, como las bestias empujadas por el látigo hacia el hacha irán con docilidad allí donde se les envíe, perecerán sin sublevarse y matarán a otros hombres hasta sin preguntarse por qué lo hacen, y no sólo no se arrepentirán de ello, sino que se mostrarán orgullosos de esos cíntajos que se les autorizará para llevar por haber matado mucho, y levantarán monumentos al desgraciado loco, al criminal que les ha obligado a cometer actos semejantes.

Los hombres de la Europa liberal se regocijan de que esté prohibido escribir toda clase de tonterías y de pronunciar cuanto les plazca en banquetes, en mitines, en las cámaras, y se creen completamente libres, lo mismo que los bueyes que pacen en el prado del carnicero se creen libres en absoluto. Y sin embargo, tal vez nunca el despotismo del poder ha causado tantas desgracias a los hombres como ahora, ni les ha despreciado tanto como hoy. Nunca el descaro de los violadores y la cobardia de sus víctimas ha alcanzado el grado que contemplamos.

Al presentarse los jóvenes en los cuarteles, les acompañan los padres y las madres, y hasta los mismos que han prometido matar. Es evidente que no hay humillación ni vergüenza que no soporten los hombres de la actualidad. No hay cobardia ni crimen que no cometan, si esto les causa el menor placer y les libra del peligro más insignificante. Nunca la violencia del poder y la depravación de los dominados llegó a tal extremo. Ha habido siempre y hay entre los hombres en posesión de su fuerza moral algo que tienen por sagrado, que no pueden ceder a ningún precio, en nombre de lo cual están prontos a soportar privaciones, sufrimientos, hasta la muerte; algo que no cambiarian por ningún bien material. Y casi cada hombre, por poco desarrollado que esté, lo posee. Decidle a un campesino ruso que escupa a la ostia o blasfeme del altar y morirá antes que hacerlo. Está engañado, cree que las imágenes son sagradas y no tiene por tal lo que verdaderamente lo es (la vida humana) pero tiene por ley a una cosa sagrada que no cedería por nada. Hay un limite a la sumisión, hay en él un hueso que no se dobla. ¿Pero en dónde está este hueso en el civilizado que no se vende como esclavo al gobierno? ¿Cuál es la cosa sagrada que nunca abandonará? No existe; es completamente mudo y se pliega por entero. Si existiera para él alguna cosa sagrada, entonces, juzgando por todo lo que se cuenta en su sociedad con hipócrita patopeya, esa cosa debería ser la humanidad, es decir, el respeto del hombre en sus derechos, en su libertad, en su vida. ¿Y qué? Él, el sabio instruido que en las escuelas superiores ha aprendido todo lo que la inteligencia humana ha elaborado antes que él, él que se coloca por encima de la multitud, él que habla de continuo de la libertad, de los derechos, de la intangibilidad de la vida humana, se le coge, se le reviste con un traje grotesco, se le manda levantarse, saludar, humillarse, ante todos los que tienen un grado más en su uniforme, prometer que matará a sus hermanos y a sus padres, y está pronto a todo esto, pregunta únicamente cuándo y cómo se le ordenará. Mañana, una vez libre, volverá de nuevo y con más ahinco a predicar los derechos de la libertad, de la intangibilidad de la vida humana, etc., etc.

¡Y ya lo veis! ¡Con tales hombres que prometen matar a sus padres, los liberales, los socialistas, los anarquistas, en general los hombres sociales, piensan organizar una sociedad en donde el hombre sea libre! ¡Pero qué sociedad moral y razonable puede edificarse con semejantes hombres! Con semejantes hombres, en cualquiera combinación en que se les meta no se puede formar más que un rebaño de animales dirigidos por los gritos y los látigos de los pastores.

Un fardo pesado ha caído sobre los hombros de los hombres y les aplasta, y los hombres aplastados cada vez más, buscan la manera de librarse de él.

Saben que uniendo sus fuerzas podrían levantar el fardo y volcarle, pero no pueden ponerse de acuerdo sobre la manera de hacerlo, y cada cual se inclina cada vez más, dejando que el fardo se apoye sobre los hombros de los otros. Y el fardo les aplasta cada vez más, y todos hubiesen ya perecido, si no hubiese quién les guiara en algunos actos, no por las consideraciones de las consecuencias exteriores de los actos, y sí por el acuerdo de los ritos con la conciencia.

Lev Tolstói

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